Una historia

De niña decidí que quería entender porqué pasaban las cosas que me gustaban que pasasen, y estudié ciencias. A día de hoy aplico lo que he aprendido para que pasen como mejor me gusta que ocurran. Y ahora entiendo porqué.

Vivo en el mar y sobrevivo creyendo que puedo mejorar lo más bonito que he sabido hacer bien: convertir en sirenas a valientes piratas.

Mi religión tiene más de diez mandamientos y no hay uno solo que no hable de amor. De cualquier tipo de amor. Que con el desamor he aprendido a amar de muchas formas y a hacerlo mejor en todas ellas. Pero creo en un amor dios, todopoderoso, creador de mi cielo y de mi tierra, que aún siendo crucificado, muerto y sepultado, y descendido a los infiernos, 
al tercer día siempre es capaz de resucitar de entre los muertos.

También creo en la risa fácil, en el poder del sentido del humor. En la complicidad como modo de vida. En la facilidad como puerta y en la lucha como seña de importancia. La resignación es siempre mi plan Z.

Siempre tuve mucho tiempo para crear historias en mi habitación, y mi hermano fue mi fiel escudero en todas. De tanto tiempo y tanta compañía es fácil deducir que mi familia siempre me lo ha hecho muy fácil.

Nunca dejo atrás las piezas que me han construido. Tengo una obsesiva necesidad de interactuar para crecer. Valoro mi tiempo conmigo. Lucho por la paz de cualquiera.

Y he aprendido que las cosas que no se cuentan, también existen. Existen tanto que crean mundos internos que al final merecen ser contados. O dibujados. O besados.

He viajado. Poco.

Tengo toda mi vida en la nuca, macros en la retina y música en el esternón.

Y mi mayor objetivo en la vida es llegar a tener un sexy pelo blanco enmarcando a un gesto lleno de paz y ganas crecientes de vivir cuanto menos tiempo me quede.

Continuaré…