El tiempo es un invento de otros.
Y tú y yo
no tenemos medida.

* * *
[Recopilado del  17 de Octubre de 2013]

Ya lo supe cuando me conocí: la magia que yo comprendo está en la calle. Está en un tejado con vistas a una gran ciudad, en un barrio viejo, en el personaje de medianoche que puede darte miedo o la vida, o en cualquier imitación a América la del centro o la de más abajo.

El tiempo, sustantivo incontable, está después de lo que estoy pisando. El tiempo está después del impulso que tuvimos por ser felices. El tiempo se cree consecuencia. Y… ¡ay! podemos mirarlo con compasión y recordar los besos en la puerta del tren con la ciudad girando dentro de nuestro pelo y los maquinistas aplaudiendo.

Cuando tú agitabas la mano y yo sonreía hacia la izquierda todos se comían las uñas. Pobres, jamás tendrán el tiempo que duramos.

Y ahora, nuestras ciudades han decidido cambiar de estación para concedernos el placer de volver a aprenderlas y hacernos rejuvenecer buscando en el nuevo otoño todo lo que no tuvimos el anterior.

Qué bien que nos creímos tan creyentes el tiempo que está después.

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