A tus días enfermos:

 

Crees que has destruido mi día con tu llanto desafortunado, y sin embargo has curado mi semana con con tu beso desesperado lleno de agua y fuerza.

Crees que no es mi responsabilidad salir encabezando tus luchas, que saliendo desnuda de la cama puedo hacerme daño con el pico de cualquiera de tus flaquezas.

Crees que tus paradas van a retrasar mi llegada a las metas y que, si me siento a tu lado, pueden fallar algunas de tus culatas apestando de pólvora malgastada mi felicidad.

Crees que alrededor de tus relámpagos no puedo ver belleza, pero no sabes que toda la luz que desprendes en tus tormentas duplica mi visibilidad.

Crees que no debería ver cómo te agachas frente a tus sombras gigantes,
y yo creo que no debería perderme el espectáculo de ver cómo te levantas para deslumbrarlas.

 

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Sigur Rós – Valtari

Baila.
Deja de retorcerte en tus ruinas y rajarte con escombros la piel tensa.
Estírate las venas y palpita hacia la luz cegadora de la potente primavera.
Ven lamiendo las esquinas de la ruta desconocida.
Ven lamiéndote, ven a las esquinas.
Ven girando sobre tus convencimientos.
Baila.
Ven bailando lo que ese beso le ha dicho a tus tripas.

Deja que el miedo que tienes riegue tus raíces,
tus tierras yermas, tu tierra prometida.
Deja que el miedo te empape y te tiemble la boca
con un corazón más a galope que veinte estampidas.

Deja que el miedo que tengo riegue tus flores blancas,
te construya un imperio, te lama las esquinas,
te gire los convencimientos, te baile en las tripas.
Te eche raíces,
y que haga de tu tierra yerma, la prometida.
Deja que el miedo que tengo te galope en el corazón
y apretándonos las manos
bailemos
en mitad de la estampida.

 

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Vienes
porque nadie te ve de camino.
Pero siempre tienes prisa
porque te ves a ti misma.

Y no vaya a ser que te cotillees que estuviste
un tiempo sospechosamente largo metida en mi portal,
o que llevabas la falda demasiado corta
para haber llegado por casualidad.

Pero la realidad es que vienes
porque aquí tienes tu premio de animal.
Tu casa de ciega con cada mueble en su lugar.
El padre en la grada el día de una gran final.
La luz del pasillo encendida
la noche de Reyes.

Y tengo la certeza de que vienes
porque sabes que hay cosas para ti

.

sin que nadie te diga que las habrá.

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El tiempo es un invento de otros.
Y tú y yo
no tenemos medida.

* * *
[Recopilado del  17 de Octubre de 2013]

Ya lo supe cuando me conocí: la magia que yo comprendo está en la calle. Está en un tejado con vistas a una gran ciudad, en un barrio viejo, en el personaje de medianoche que puede darte miedo o la vida, o en cualquier imitación a América la del centro o la de más abajo.

El tiempo, sustantivo incontable, está después de lo que estoy pisando. El tiempo está después del impulso que tuvimos por ser felices. El tiempo se cree consecuencia. Y… ¡ay! podemos mirarlo con compasión y recordar los besos en la puerta del tren con la ciudad girando dentro de nuestro pelo y los maquinistas aplaudiendo.

Cuando tú agitabas la mano y yo sonreía hacia la izquierda todos se comían las uñas. Pobres, jamás tendrán el tiempo que duramos.

Y ahora, nuestras ciudades han decidido cambiar de estación para concedernos el placer de volver a aprenderlas y hacernos rejuvenecer buscando en el nuevo otoño todo lo que no tuvimos el anterior.

Qué bien que nos creímos tan creyentes el tiempo que está después.

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Mi tierra,
que me tira
de los pelos

por el camino
nuevo
de sanar
en lugar de curar,
sin que ya escuezas.

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Leí que uno no está totalmente despierto por dentro si no escribe. Y entonces entendí porqué hace tiempo que no lo hago: por matarme un poco. O iba a empezar a rebosar flores por la boca.

Pero hoy me han dicho que paso por la vida como si fuese Liesel Meminger.
He hervido por dentro.
Y he tenido que dejarme derramar por todo el suelo.
Ojalá tú no hayas olvidado lo que soy capaz de ser.

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